Pesadilla de verano de un pensionista

El “pensionista” ha tenido un “sueño de una noche de verano” cuyo contenido es muy diferente al de la obra literaria del maestro William Shakespeare. Empezó su vida laboral a los 17 años en una entidad financiera y la finalizó a los 60 años. Cotizó a la Seguridad Social durante 43 años, mes a mes, año tras año, sin fallar y la mayoría de ellos “pagando religiosamente” el máximo de la dichosa cuota. Le decían y estaba convencido de ello, que estaba “sembrando” para que el día de mañana disfrutara de una vejez digna, sin necesidad de ayudas económicas “externas”, o sea hablando claro, de sus hijas o nietos.

El “pensionista” tuvo un jefe que le comentó más de una vez: “Las personas tenemos dos problemas: uno, que envejecemos perdiendo muchas facultades y dos, no tener recursos económicos recurrentes –billetaje mes a mes–, pero lo más jodido del tema es cuando los dos problemas convergen en la misma persona, o sea, ser viejo y no tener pasta”.

El “pensionista” se ganó a pulso –cotizando sin fallar durante cuarenta y tres años– lo que cobra mensualmente. El “iluminado”, hace un par de años, le congeló la pensión durante 12 meses, quitándole el sueño más de una noche.

El “pensionista” no se siente culpable de que la prima de un tal Riesgo esté alterada; ni de la cifra astronómica de endeudamiento de la administración pública en general; ni de que se hayan despilfarrado –vía subvenciones– miles de millones de euros; ni de “colocar” como consejeros en varias cajas de ahorro a sindicalistas y políticos de todos los colores, sin la preparación pertinente y con sueldos que en su vida laboral privada –si es que han trabajado en empresas privadas ¿o han chupado siempre de la teta del papá Estado?– hubiera sido impensable cobrar; ni de los políticos corruptos que han sido juzgados y condenados a la cárcel y a reponer los euros de nuestros impuestos dilapidados; ni de los coches oficiales; ni de las pensiones vitalicias de los políticos sin haber cotizado como cualquier mortal –por no decir cualquier desgraciado–; ni de las comidas “de trabajo” con coste superior al “menú del día”; ni de las 150.000 tarjetas sanitarias detectadas de personas fallecidas; ni de las embajadas en el extranjero que no sean españolas; ni tanta obra faraónica como el aeropuerto de Castelló, en el que aún no ha aterrizado un solo avión;  ni de haber gastado más de 15.000 millones de euros en el “famoso” Plan E; etc. etc. etc.

El sueño o pesadilla del “pensionista”, lo ha tenido el firmante de este escrito, que por lo expuesto anteriormente no está dispuesto bajo ningún concepto a aceptar que en un futuro le congelen, ni le recorten lo que cobra mensualmente. Ya he sido solidario toda mi vida. Ahora solo quiero que poco a poco me den lo que ya es mío y me lo fueron quitando a lo largo de 43 años (impuestos aparte). Mientras vea algún político o asesor (se dice que en España hay más de 400.000 personas en la política)  que coma más de lo imprescindible (menú del día y nada de vino que no sea “de la casa”) estoy en mi perfecto derecho a sentarme y compartir la comida, que también es un poco mía.

Por supuesto que soy totalmente corporativista con los pensionistas, que se  han ganado con el sudor de su frente su merecida pensión, con los que me permito incluirme. Si alguno se atreve a quitarle algo a los “viejos”… qué poca vergüenza …!

Recientemente he recibido un aviso de una carta certificada de la entidad bancaria que me jubiló. Camino de Correos me llama mi amigo José Luis, excompañero del banco, me comenta que se trata de varios recortes sociales y que en el caso mío –como el suyo– es que han suprimido definitivamente la cesta de Navidad. Joder –le digo– pues no voy a recoger la carta y me doy por no enterado. Contestación suya: “Recógela tío, porque te la seguirán mandando, lo que no te mandarán ya nunca más será la cesta de Navidad”.

A pesar de todo, tanto José Luis como yo, seguiremos celebrando la Navidad. Por fortuna, vivir esta fiesta no depende ni del Gobierno ni del dinero.

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barber-alles@terra.es

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